16/03/06
El Cacique
¡NUEVA SECCIÓN!
Ahora nos ha dado por hacerle al cuento. Iniciamos este apartado con el texto El Cacique. Como en otras secciones todas las colaboraciones serán bienvenidas(noledesunmadraz@terra.es).
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El cacique
por Ernesto Zapata Allende (Una historia de ficción del México real)
Todos los personajes de esta historia,
Incluso los reales, son ficticios.
Héctor Aguilar Camín
Nadie había notado el cambio hasta el desgraciado día en que se subió a la tarima que colocaron en el centro del pueblo. Yo ya me había dado cuenta desde el día que llegó de la ciudad. Venía en un carrote último modelo con una vieja bien buena, que dizque era su prometida. Las ancianas del pueblo luego luego empezaron cuchichear que cómo el hijo del Regidor se iba a casar con una mujer que usaba las enaguas tan cortas. Pero la verdad era que con esa nunca se casaría, yo también ya lo sabía porque a él ya le tenían apartada a la Lupe. Ella misma me lo dijo el día en que le fui a proponer matrimonio. Así que la capitalina se fue un día cualquiera y Robertito, mi amigo Roberto, se convirtió en Don Roberto.
La boda fue por todo lo alto. Duró ocho días. En honor a los novios trajeron al señor obispo desde la capital del estado, se mataron tantos animales que los que quedaron vivos se les notaba el susto en la cara cuando uno se acercaba a ellos, y se sirvió tanto mole que si se desparrama hubiera inundado el pueblo y los ranchos vecinos, pero eso no sucedió porque Don Carlos, padre de Don Roberto, ya tenía otros planes para todos los terrenos del lugar: para que cupieran todos los invitados, Don Carlos nos pidió prestadas nuestras parcelas para que en una parte se hiciera el baile y en la otra se pudieran estacionar los coches de los invitados venidos de la capital del estado y del país entero.
Siempre imaginé, desde niño, aquella boda y sabía que me iba a entregar en cuerpo y alma para que Roberto fuera el hombre más feliz en el día más importante de su vida. No me importaba que se me atrasara el trabajo de la administración de la hacienda. Pero al final no hice nada porque él mismo me pidió que estuviera junto a él en los días anteriores al casorio. Fue ahí cuando supe que había perdido a mi amigo para siempre y que el día de su boda no tenía mayor importancia para el cabrón, mientras me moría de celos por la Lupe. Sólo hablaba de cumplir la promesa que había hecho a su padre desde niño, llegar a ser Presidente Municipal del pueblo, porque Don Carlos nunca lo había logrado, pero toda esa paciencia se debía por fidelidad al partido y, por supuesto, a Don Gustavo, nuestro eterno mandatario, quien en los últimos meses se encontraba muy enfermo y sin ningún hijo varón que heredara su puesto. Pero más que tener siete mujercitas, lo que le dolía es que todas fueran feas y que ningún buen partido se fijara en ellas. Así que decidió dejarle todo al hijo de su más fiel compañero de lucha política, la cual se reducía a hacer una fiesta cada seis años con el pretexto de la campaña electoral en la cual no había contrincante, expropiar cuanta tierra fuera posible y matar a todo campesino que no entendiera las reglas del juego.
Algunos compadres de Don Gustavo no estaban de acuerdo con su decisión y le insistían que eligiera entre uno de sus hijos porque se habían criado todo el tiempo en el pueblo, no como Roberto que se había maleducado en el infierno de la capital, pero Don Gustavo, como siempre, fue inflexible.
El primer día de la boda creo que Roberto le agarró más la mano a Don Gustavo que a la Lupe. Se notaba que estaba bien triste, en todos aquellos días nunca la vi sonreír ni un segundo y siempre con la mirada perdida, apagada. A la media noche los novios se perdieron y no los volvimos a ver. Lo peor es que la Lupe volvió todavía más triste, en cambio Roberto apareció con la sonrisa de los satisfechos.
Apenas terminados los días de fiesta por la boda comenzó otra, la de verdad, la que le importaba a Roberto. Era año de elecciones, era su año, era su momento. Para comenzar la campaña se citó a todo el pueblo a las cuatro de la tarde en la plaza central donde colocaron una tarima, encima pusieron varias sillas y al fondo el símbolo del partido y el lema de campaña.
Roberto quería que lo acompañara en lo alto de la tarima, pero no quise, y no porque no me gustara todo ese argüende, sino porque no me gustaba él. No me gustaba cuando frente a la gente del pueblo hablaba de bienestar, de hacer una escuela, de montar el hospital de una vez por todas, de poner luz en todas las casas y de traer agua para beber, para lavarse, para regar, mientras que cuando estaba sólo con Don Carlos y Don Gustavo hablaba de hacer crecer la hacienda con expropiaciones, de acaparar la compra de las cosechas de los campesinos todavía independientes, incluso de revivir el derecho de pernada y los tres soltaban la carcajada porque sabían que nunca había muerto.
Aquella tarde todos miramos la transformación de Roberto en Don Roberto, aunque yo ya me había dado cuenta y entonces todo se torció. Todo el pueblo se sentía feliz de un cambio, de que llegara sangre joven con ideas de la capital, pero después de escuchar los mismos discursos de cada seis años de Don Gustavo y Don Carlos, tocó el turno a Don Roberto, con el pelo bien engominado y su bigote bien recortado, y todo se vino abajo porque dijo exactamente lo mismo que los otros dos, eso sí, con más fuerza y con más enjundia, aunque a veces no se le entendía muy bien por esa voz ronca a veces parecía que se iba a ahogar. Aunque se notaba decepción, nadie se fue, nadie reclamó y todos aplaudimos como tenía que ser.

Por supuesto que los resultados fueron los esperados, Don Roberto llegó a Presidente Municipal y de un día para otro me nombró Regidor, en sustitución de Don Carlos, jubilado con pensión vitalicia.
Los siguientes seis años fueron terribles, mi amigo Roberto, Don Roberto se convirtió en el peor gobernante que el pueblo hubiera conocido. Robó todo lo que pudo, tantas tierras como fueron posibles, hasta que no pudo ir más allá porque las que seguían eran del señor gobernador, se hartó de cobrarle impuestos a los pobres campesinos y si no tenían dinero pagaban con sus puercos, chivos o vaquitas y cuando ya no les quedaba ni eso le entregaban a sus hijas para que sirvieran al patrón en su casa. A la Lupe ni le importaba, porque al ver tanto dinero junto, se olvidó de todo y de todos, y cada día le pedía a Roberto más y más, y éste al ver la codicia de su mujer no dudaba en seguir robando y matando. Porque cuando se le presentaba algún hueso duro de roer no dudaba en mandar a sus matones. Primero para ablandarlo y si así no entendía, pues se liquidaba y ya estuvo. Los dos ajusticiamientos más comentados fueron los de Don Carlos y Don Gustavo, al primero por confesarle a su hijo su deseo de ser Presidente Municipal para los siguientes seis años y al segundo por andar azuzando a sus compadres para liquidar al presidente. Yo fui testigo de todo eso y nada pude hacer, por miedo, por cobardía, apenas le hacía un comentario a Don Roberto, ya me miraba con unos ojos que si fueran pistola me hubieran matado ahí mismo y no era para andar jugando, pues ya tenía una esposa y dos gemelitas que tenía que cuidar, y la verdad que también el dinero me gustaba harto. Entonces un día Don Roberto, cuando faltaban pocos meses para acabar su mandato, se acercó, me tomó del hombro y me dijo que ahí me dejaba este pueblo de mierda, que él iba a buscar cosas más grandes, que ni convocara elecciones, que tomara posesión y punto, porque nadie se atrevería a ser candidato, además de que nos ahorrábamos el dinero de la campaña. Luego con la manga se secó una lágrima y dijo: qué orgulloso estaría de mí el tata Carlos. No dije nada.
Al otro día que me convertí en Presidente Municipal Don Roberto y la Lupe, enfundada en un abrigote a casi cuarenta grados de temperatura, se fueron en su camioneta, escoltados por dos coches hasta el tope de guaruras y dos camiones llenos de muebles, ropa, alhajas, cubiertos de cocina de oro y plata, mientras detrás corrían todo los hijos que había regado Don Roberto por todo el pueblo. Apenas desaparecieron en el horizonte, como todos me conocían, se lanzaron sobre la presidencia municipal, la tomaron a punta de bala y a mí me llevaron a mi casa, me dejaron en la puerta y me dijeron que mientras no me metiera no nos pasaría ni a mí ni mi familia, ahora que si quería recuperar la presidencia, la cosa cambiaba. La verdad es que me alegré, pero para evitar problemas dejé el pueblo y me vine a otro que estaba al lado donde había gente que me conocía por ser el administrador de la hacienda de Don Carlos y no por ser el compañero de atracos de Don Roberto. Me olvidé de la política.
De Don Roberto supe cosas a retazos, que ya era diputado, luego quiso presentarse como candidato a la gobernatura del estado pero su partido se lo negó, así que se lanzó de senador, luego creo que renunció para hacerse de una secretaría para luego volver al senado, luego desapareció. Bueno, eso creía, la verdad es que conforme fueron pasando los años dejé de ver los títulos de los periódicos y la televisión, hasta que una noche oí voces y gritos afuera de la casa, creí que iban a entrar a robar, entonces me levanté corriendo con la escopeta en la mano, vi cómo un tipo vestido de negro abría la puerta a empujones y no sé cómo sacó una pistola, me quitó la escopeta y me apuntó en la frente, entonces escuché la risa, miré por arriba del hombro del tipo que me amenazaba y ahí estaba él, con su cabello engominado, su bigote bien recortado y su voz ronca. Don Roberto se acercó a mí con una sonrisa mientras de un empujón hizo a un lado a su guarura, abrió los brazos en ademán de abrazarme y dijo: saluda a tu candidato a la presidencia de la república.
08:47 Anotado en 09. Le hacemos al cuento | Permalink | Comentarios (6) | Email esto

